«No soy ningún fenómeno», dice mientras saca la raqueta para jugar sobre la tierra batida. Sabe que no es cierto: sobrevivió al genocidio armenio, reinventó su vida en Argentina y a los 100 años juega tenis tres veces por semana con una salud de hierro.

Mientras la ciencia sigue buscando cómo prolongar la vida en salud, Artyn Elmayan parece haberlo logrado «sin mucho esfuerzo».

«No tengo secretos, poca malasangre, tomar las cosas como vienen y ayudar, porque hace bien al espíritu», dice a la AFP sobre su arte del buen vivir.

Es campeón de 27 copas en categoría sénior, dejó de competir en la categoría de mayores a 90 porque no tenía rivales.

Artyn no toma medicamentos, se mueve sin gafas y tiene un equilibrio envidiable en el «court».

Padece, sí, algo de artrosis que combate «con indiferencia y elongación».

«El motor está bien, me fallan un poquito los cables eléctricos pero tengo lo principal», afirma con una sonrisa mientras recuerda sus inicios en el tenis… ¡a los 39 años!

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Ha ganado 27 copas en las categorías Seniors, la última hace una década atrás cuando dejó de competir en la +90 por falta de contrincantes.

Su «sparring» es Luis, un «pibe de 79 años», que esta vez faltó al encuentro porque «cayó enfermo».

«No juego dobles porque me aburre, yo quiero estar siempre en el juego», dice Artyn.

El año pasado cumplió el sueño de conocer a Guillermo Vilas, el mayor exponente que tuvo el tenis argentino. «El año pasado vino a mi cumpleaños, es mi favorito, lo seguía a muerte», cuenta.

Tres veces a la semana aborda el tren desde su casa en San Isidro, en la provincia de Buenos Aires, hasta el club River Plate sin más compañía que su raqueta. «Vengo solo, son siete estaciones», narra encogiendo los hombros para darle aires de normalidad.

Cualquiera que lo ve piensa que a Artyn le sobran unos 20 años. El que lo escucha le saca 10 más.

Lee «filosofía y cosas científicas, porque son útiles» y mantiene con fluidez los cinco idiomas que aprendió a fuerza de emigrar de Armenia a Líbano y Siria, antes de recalar en Buenos Aires a los 21 años.

¿Dieta? Todo lo que le gusta pero «con moderación». Aunque se pierde por los lehmeyun, bocadillo típico de su Armenia natal.

Detrás de este hombrecillo gentil, delgado y encogido por la edad, hay un hombre vital que cumplió en abril pasado un siglo de vida y va por más, lleno de proyectos.

«Si tengo 100 en forma normal, llegar a 111 es cantado», afirma.

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El último gran golpe en su vida fue la muerte de Luisa en 2016, tras un matrimonio de 74 años del que nació Elisa, su única hija con quien vive en la actualidad.

Pero conoció la tragedia apenas a los 2 años cuando los turcos fusilaron a su padre y él terminó en un orfanato de Líbano hasta reencontrar a su madre a los 6.

«Mi niñez fue fatal, usted ya sabe, nosotros somos sobrantes del genocidio armenio», se define.

Llegó a Argentina a los 21 años siguiendo a su hermana que había iniciado una fábrica de zapatos. Luego fundó su propio negocio de confección de uniformes escolares que mantuvo por medio siglo hasta su jubilación.

Visitó Armenia en los años 80 y planea volver.

«Me gustaría visitarla a lo mejor este año, en julio o septiembre, porque ya son 100 años, yo no soy semillero del mundo, la vida se acaba, bien o mal», dice.

Al mirar hacia atrás se siente satisfecho.

«¿Si soy feliz? Me conformo. Cada uno tiene su destino. La vida es como el tenis: cuando uno entra a la cancha, no sabe si va a ganar».