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El canterano Gabri Veiga certificó con dos goles la permanencia del Celta en la máxima categoría del fútbol español, tantos que sellaron la victoria ante el Barcelona (2-1) en Balaídos, un campo lleno con aficionados eufóricos, exultantes por, entre otras cosas, poder celebrar el centenario del club en Primera División.

Carlos Carvalhal apostó por un equipo titular atípico en la noche en la que se jugaba el futuro del club en la categoría. Salió el Celta con la idea de controlar al Barcelona. Se colocó bien defensivamente, sin asumir apenas riesgos, pese a que algunos errores asustaron en exceso a Balaídos, como el que llegó a los diez minutos tras un mal despeje de Unai Núñez, un gol de Kessie que posteriormente anuló el VAR por un ajustado fuera de juego.

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Gabri Veiga explosionó Balaídos: Mingueza recuperó la pelota ante una mala salida de Frank de Jong, el balón llegó a Gabri Veiga, que hizo un gran control orientado, se coló entre Christensen y Marcos Alonso y culminó su acción con un sensacional tiro cruzado. El gol de Gabri Veiga dinamitó el partido. Ter Stegen quedó sin el récord que deseaba. Balaídos estalló de placer.

El Celta defendió ese gol de ventaja en el inicio del segundo tiempo. Se fortificó cerca de su área. Su plan funcionó. El Barcelona apenas creó peligro, más allá de tiros sin riesgo de Marcos Alonso y de Kessie. Xavi Hernández trató de cambiar el ritmo del encuentro con Dembele y Ansu Fati; también retiró del campo a Ter Stegen.

Pero antes de que su triple cambio provocase algo volvió a aparecer Gabri Veiga con un centro parabólico que finalizó dentro de la portería del Barcelona, la primera y única llegada celeste durante la segunda mitad en Balaídos, el gol de un canterano para certificar la permanencia.

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El héroe Gabri Veiga pidió el cambio, agotado físicamente, ovacionado en su camino hacia el banquillo, donde rompió a llorar durante muchos minutos. Siete minutos después Carlos Carvalhal metió en el campo a Iago Aspas, el tótem celeste, ídolo para la historia del club. Fueron minutos de fiesta en Balaídos, vitoreando a sus canteranos.

El Barcelona silenció ese festejo cuando, a quince minutos del final, Ansu Fati culminó solo con un cabezazo un buen centro de Dembele, quizás la idea que había tenido en mente Xavi Hernández. El gol de Fati alborotó Balaídos, preocupado, entregado al apoyo de su equipo, ciclotímicos corazones perturbados con cada ataque del Barcelona, al tiempo que Gabri Veiga seguía llorando en el banquillo, metáfora del padecimiento por haber tenido que celebrar la permanencia en la última jornada de Liga.